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El rastro de un alma rota

“Quiero acabar”. Tres años soportando tratos vejatorios en el colegio e instituto, día tras día. En su casa, los días más benévolos su madre se limitaba a ignorarla. Los peores, más le valía esconderse. No encontraba consuelo en compartir con ella su tormento, porque cuando lo había intentado recibía su desaprobación: "Es culpa tuya por no saber defenderte", aderezado con una retahíla de insultos y comentarios hirientes.

Y era cierto, no sabía defenderse. Su cuerpo se paralizaba cuando le empezaban a hacer daño y se comparaba a sí misma con los conejos congelados en mitad de la carretera, ante el brillo de los faros de un coche, justo antes de ser aplastados por él. Habría sido más fácil si sintiera odio por sus atormentadores, pero lo que lo dominaba todo era una abismal lástima… por sí misma. Se daba pena. Le resultaba lógico y normal que la escogieran de blanco de agresiones, que fuera la diana ideal para proyectar la maldad que, bien sabía ella, anida en el interior de todo ser humano. Ella también podía ser cruel, y cuando lo era lo hacía en la misma dirección que los demás. Hacia ella misma y su propia carne.

Ahora volvía a encontrarse en una situación ya conocida por su repetición: en el suelo recibiendo patadas, al grito de “cerda”, “vaca” y “subnormal”. Pero esta vez era diferente. Ya no deseaba seguir luchando. Se rindió al dolor.

Deshizo la posición de ovillo que siempre tomaba, se tendió boca arriba sin protegerse la cabeza, dejando los brazos extendidos como en un sacrificio, ofreciendo su cuerpo a la violencia.

- Podéis destrozarme la cara, no me sirve da nada – suspiró. No les retaba, les suplicaba.

Tuvo el efecto contrario al que esperaba, el que anhelaba, pues las patadas cesaron.

- Tíos, así da mal rollo, no quiero verle el jeto.

Uno de ellos la cogió del cabello y la arrastró al baño, sin dificultad. Sumergió su cabeza en la taza del retrete. Ella no opuso resistencia, ni siquiera trató de coger aire antes de que le hundieran la cara en aquellas aguas fétidas y amarillentas.

Sus verdugos volvieron a detenerse. No estaban acostumbrados a esta sumisión por parte de su agredida. No podían verla como la víctima atemorizada y perdedora con la que le solían identificar, así que debatieron brevemente sobre la posibilidad de dejar su entretenimiento y marcharse de allí. Pero para ella no era suficiente, porque un segundo más de existencia se había vuelto intolerable y sentía dentro de sí la fuerza necesaria para concluir por fin.

- No os vayáis, por favor – suplicó entre lágrimas -. ¡¡Seguid!! ¡No me dejéis así! ¡Podéis hacerme mucho más!

Con el vigor que da la determinación, se incorporó y estrelló su puño contra el espejo, reventándolo y fragmentándolo en pedazos. Con la mano ensangrentada recogió uno de esos trozos y lo blandió hacia sus torturadores.

- Tomad, cortadme. Hacedme más daño. Acabad de verdad con esto.

Los jóvenes empezaron a retroceder, enmudecidos, hacia la puerta de salida.

- ¡Tenéis que hacerlo o lo haré yo!

Recordó el sentimiento de honor de los samuráis realizándose el seppuku. No habría honor para ella, sólo la brutalidad del castigo, por ser lo que era, por ser quien era. Se arrodilló, aferró el cristal con ambas manos y lo hundió en su vientre frente a ellos, bajándolo y rasgando la carne. Sus entrañas se derramaron por el frío suelo de baldosas, cubriéndolo también de sangre caliente.

- Pisadme por dentro como habéis hecho por fuera, lo merezco – gimió -. Son las vísceras de la cerda de la clase…

La ligereza que sintió mientras sus entrañas se extendían por el suelo le permitió ponerse de pie una vez más.

- No os vayáis ahora, debo seguir sufriendo lo que me corresponde mientras me quede vida – balbuceó, su voz reducida a un murmullo ininteligible.

Los jóvenes salieron tambaleándose del baño, mientras ella los seguía. Gritos de otros adolescentes se sumaron al encontrarse con la grotesca escena. Ella perdió fuerza y cayó al suelo, pero continuó arrastrándose por el pasillo del instituto con obstinación. Alcanzó las escaleras, y se precipitó por el hueco inferior de la barandilla, cayendo al piso de abajo. Pudo sentir los golpes sobre su cabeza y por último un crujido seco de fractura del cráneo, antes de perder la conciencia, y finalmente la vida. Sus tripas se mantuvieron desplegadas en un abominable rastro a lo largo del suelo, dibujando un sendero de horror. Una parte de ellas pendían siniestramente en vertical, deslizándose por el vacío del hueco de la escalera.

Un muchacho enjuto de gafas gruesas, presente durante el dantesco trance, se acercó a los matones y le propinó un puñetazo al cabecilla del grupo, con una furia nacida del rechazo a la infamia percibida. Este, por primera vez desde hacía mucho tiempo, no se defendió.

- ¡¡Ha hecho esto porque no le faltaba valor!! – gritó, con un impulso que desconocía, que emergió en ese momento desde lo más profundo de su ser - ¡Lo que no tenía era valía, porque entre todos vosotros se la arrebatasteis!!

Y gritó, desgarradoramente, elevando su bramido contra el sinsentido de la vil perversidad de la existencia humana, dando voz a todo el dolor acumulado que tantos han sentido y que otros, incontables, volverán a sentir, pues no hay redención posible para la humanidad.

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