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Odio las elipses


Si la gente supiera la mierda que lleva pegada en las suelas, emplearían sus zapatos como armas biológicas con las que contaminar al enemigo. Tampoco es que las palomas nos podamos permitir ser muy sibaritas en la alimentación, sobre todo las de ciudad; comemos lo que nos caiga. Lo mismo nos da que un trozo de pan esté embebido en cerveza y se haya rebozado de arena. Pero antes que coger algo de la suela de un zapato humano, de veras que prefiero picotear una boñiga reseca de perro enfermo. Acepto que particularmente a los humanos les tengo cierta animadversión. No tienen respeto por nada. Caminan arrasando con lo que se encuentran a su paso. A menudo me he hecho el firme propósito de, por una vez, no ser yo quien se aparte para evitar una colisión frontal con sus pies, y que sea el humano el que se desvíe unos milímetros, qué le costará, me pregunto, si total yo ya estaba en esta baldosa hace un rato y son ellos los que vienen hacia mí; pero ha sido inútil. En el último instante he tenido que aletear para apartarme de esas extremidades infectas que continúan su marcha inexorablemente, como si las palomas no existiéramos en el mismo plano de realidad que ellos. Aunque es mucho peor cuando sí te asumen, como hacen sus crías. La versión miniaturizada y cabezona de los humanos no sólo nos ven sino que parece que vivan para incordiarnos.

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