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Entradas

De tormentas y bonanzas

A veces los días en consulta son duros. Hoy probablemente ha sido uno de ellos. Hugo ha pasado mala noche, con fiebre, he tenido que estar pendiente cada cuatro horas de tomarle la temperatura y administrarle jarabes según pauta médica. Mi sueño ha tenido interrupciones y en todo caso ha sido muy ligero, por ese estado de alerta en que entramos las madres cuando sabemos que nuestro hijo no está bien del todo y te puede requerir en cualquier momento. Esta mañana ya no tenía fiebre y descansaba por fin tranquilo. Lo he dejado en casa con la canguro y yo me he ido a trabajar, como cada día, pero con un poco de desasosiego por no poder estar a su lado y monitorizar cómo se encuentra, aunque todo pintaba que se trataba de una gripe común y no tenía que preocuparme mucho más. Dormir poco, o dormir mal, a ciertas edades es como beber alcohol: la resaca cada vez es peor, y acabas concluyendo que no compensa. Prefieres irte a dormir que trasnochar, porque al día siguiente no eres la misma p...

Otro día

Una mujer atribulada camina deprisa por una calle apenas transitada, acaba de sacar dinero en un cajero para reponer el efectivo de rescate que siempre tiene en casa. Un criminal de poca monta pero despiadado la ha seguido desde que la ha visto operar en el cajero. La ocasión la pintan calva, no hay nadie a la vista desde hace rato y es un momento ideal para asaltarla. Aunque sea innecesario e incluso exagerado, de vez en cuando proceder a un apuñalamiento sobretodo con impunidad es miel para el psicópata, así que allá va. Se le echa encima, le asesta varias puñaladas y le coge el bolso esperando ausencia de resistencia. Pero el bolso no cede. La mujer mira al delincuente con semblante molesto y este se sorprende.  - Señora, usted tendría que caer muerta, ¿qué coj..? - Mire usted, ahora no me nada bien morirme. Son las 19h, tengo que llegar a casa, duchar a los niños, y aún tengo que coser los disfraces de carnaval para el viernes que viene. Esta semana mi agenda está fatal - le di...

Junto a las croquetas

Hace tres días, al llegar a casa, algo golpeó en el capó de mi coche. Frené en seco, salí del coche, volví atrás y encontré el perro del vecino aplastado, con los ojos salidos de las cuencas y un charco de sangre y vísceras sobre la carretera. Pero se me ponían los pelos de puntos al pensar en lo que haría el vecino. Todavía recordaba el circo que montó el día que mi hijo lanzó el balón por encima de su valla y cayó sobre su pequeño huerto de berenjenas. Desde entonces lo rehuíamos; era una familia peligrosa. Lidiando con las náuseas recogí el cuerpo y lo metí en una bolsa. Entré en casa a toda prisa.   - ¿Qué vamos a hacer? - preguntó mi mujer preocupada.   - ¿Y si lo enterramos detrás?   En ese momento llamaron a la puerta. Al abrir, el escaparate vivo de tatuajes que era mi vecino apareció en la entrada.   - Hemos perdido al perro, estamos avisando a la gente por si lo ven.   Mi hijo, tras de mí, empezó a temblar y gemir.   -¿Se puede saber ...

Un día me convertí en verdugo

Un día me convertí en verdugo de nuestros sueños. Soplé sobre nuestro castillo de naipes, ese que siempre creímos que construíamos con rocas y argamasa, pero que llevaba tiempo asentándose sobre dudas silenciosas que un día ya no pude desoír más. Me puse el pasamontañas negro porque no me atrevía a enfrentarme a tu rostro, cara a cara. Hice añicos cada uno de nuestros recuerdos, convirtiendo en un solo instante en pedazos incomponibles lo que hasta entonces fantaseábamos como algo sólido. Fui la bomba atómica que devastó tu corazón, al obligarle a aceptar la fisión del "tú y yo" donde antes había un "nosotros". Dañé tu fe en poder ser feliz con la misma intensidad con la que antes te había hecho creer que por fin podrías serlo. Un día maté nuestro amor. Pero verte romperte fue una losa que cayó sobre mí como una condena a perpetuidad. Y de verdugo pasé a juez, un juez que no deja pasar un día sin acusarme por lo que hice, imponiéndome toda clase de castigos, env...

Breve historia simétrica de una relación

Hola, ¿te apetece charlar un rato? Qué guapa eres. Me encantas.  Quiero pasar la vida entera contigo. Hacemos tan buena pareja, tenemos tanto en común...  Hemos hecho muy nuestro este piso. Qué ilusionado estoy con nuestros proyectos juntos. Qué bien estamos, es justo como lo habíamos soñado. Funcionamos bien juntos. A veces sé lo que piensas antes de decírmelo. ¿Te encargas tú hoy de los platos? Ha llamado tu madre, si vamos también este domingo. ¿Esta noche seguimos viendo la serie aquella? Qué pesada con el lavavajillas, los platos los pondré como a mí me parezca. No sé qué le ves al yoga ese al que vas, paso de quedar con ese grupo de místicas con el que te has juntado. Me voy a la tele de la habitación, que a mí este programa no me gusta y me pondré otra cosa. Hoy llegaré más tarde del trabajo, ya sabes, últimamente tengo mucha faena. No me esperes despierta, da igual. Tenemos que hablar.
No dejó ninguna nota, pero sí cientos de interrogantes, todos girando alrededor del "¿por qué?". Cuáles fueron sus motivos. Por qué irse sin hacer un alegato póstumo, que diera un cierre con sentido a toda una vida. Aunque no tuviera apego por ella, qué menos que dejar una narración con final coherente. Solía gustarle hablar, de banalidades casi siempre. Sorprendía que, para una ocasión en que encontraba un modo eficaz de asegurarse una audiencia, no la hubiese aprovechado. Creó un silencio acusador. Cada pequeño pecado cometido en la relación con ella aparecía en las mentes de quienes la conocieron. ¿Habría sido esa su intención? Nadie estuvo allí para saberlo. De noche. Un bote de pastillas, antes unos tragos de alcohol. En realidad quería suicidarse sin pena ni gloria, marcharse de la fiesta de la misma manera invisible en que se alejaba de los demás el resto del tiempo. Dejar una nota hubiese sido darle demasiadas ínfulas al asunto.

Jerarquías

El fin del paro empieza en una entrevista de trabajo. Puesto que es un rito de paso hacia otra dimensión, la de los asalariados, la preparación para éste es vital. Qué ropa me pongo, cómo me peino, qué maravillas diré de mí para crear una imagen que se sostenga al menos una hora. Pero aun pasando ratos practicando ante el espejo y mentalmente sobre la almohada, has de aceptar que eres poco más que un títere en las manos del entrevistador.  - Venga, suéltame tus cualidades - empezó el último, a bocajarro, tras decirle mi nombre. Apoyaba el codo en el brazo de una imponente silla, descansando la cabeza semiladeada en su mano, el cuerpo dejado caer en el asiento, con rictus de aburrimiento. No era la primera entrevista del día y, por la hora, estaba más pendiente del almuerzo que de mí. - Eh... yo había pensado preguntarle primero por el tipo de trabajo... - Vaya, qué lástima, soy yo el que hace las preguntas. ¿Recuerdas los exámenes sorpresa del colegio? Pues te ha ...