Un día me convertí en verdugo de nuestros sueños. Soplé sobre nuestro castillo de naipes, ese que siempre creímos que construíamos con rocas y argamasa, pero que llevaba tiempo asentándose sobre dudas silenciosas que un día ya no pude desoír más. Me puse el pasamontañas negro porque no me atrevía a enfrentarme a tu rostro, cara a cara. Hice añicos cada uno de nuestros recuerdos, convirtiendo en un solo instante en pedazos incomponibles lo que hasta entonces fantaseábamos como algo sólido. Fui la bomba atómica que devastó tu corazón, al obligarle a aceptar la fisión del "tú y yo" donde antes había un "nosotros". Dañé tu fe en poder ser feliz con la misma intensidad con la que antes te había hecho creer que por fin podrías serlo. Un día maté nuestro amor. Pero verte romperte fue una losa que cayó sobre mí como una condena a perpetuidad. Y de verdugo pasé a juez, un juez que no deja pasar un día sin acusarme por lo que hice, imponiéndome toda clase de castigos, env...