“Quiero acabar”. Tres años soportando tratos vejatorios en el colegio e instituto, día tras día. En su casa, los días más benévolos su madre se limitaba a ignorarla. Los peores, más le valía esconderse. No encontraba consuelo en compartir con ella su tormento, porque cuando lo había intentado recibía su desaprobación: "Es culpa tuya por no saber defenderte", aderezado con una retahíla de insultos y comentarios hirientes. Y era cierto, no sabía defenderse. Su cuerpo se paralizaba cuando le empezaban a hacer daño y se comparaba a sí misma con los conejos congelados en mitad de la carretera, ante el brillo de los faros de un coche, justo antes de ser aplastados por él. Habría sido más fácil si sintiera odio por sus atormentadores, pero lo que lo dominaba todo era una abismal lástima… por sí misma. Se daba pena. Le resultaba lógico y normal que la escogieran de blanco de agresiones, que fuera la diana ideal para proyectar la maldad que, bien sabía ella, anida en el interior de ...