A veces los días en consulta son duros. Hoy probablemente ha sido uno de ellos.
Hugo ha pasado mala noche, con fiebre, he tenido que estar pendiente cada cuatro horas de tomarle la temperatura y administrarle jarabes según pauta médica. Mi sueño ha tenido interrupciones y en todo caso ha sido muy ligero, por ese estado de alerta en que entramos las madres cuando sabemos que nuestro hijo no está bien del todo y te puede requerir en cualquier momento. Esta mañana ya no tenía fiebre y descansaba por fin tranquilo. Lo he dejado en casa con la canguro y yo me he ido a trabajar, como cada día, pero con un poco de desasosiego por no poder estar a su lado y monitorizar cómo se encuentra, aunque todo pintaba que se trataba de una gripe común y no tenía que preocuparme mucho más.
Dormir poco, o dormir mal, a ciertas edades es como beber alcohol: la resaca cada vez es peor, y acabas concluyendo que no compensa. Prefieres irte a dormir que trasnochar, porque al día siguiente no eres la misma persona. Y mucho menos rindes igual en tu trabajo.
Cuando éste consiste en escuchar y empatizar con el malestar de los pacientes, porque trabajas de psicóloga, podría parecer que no es tan complicado como en trabajos que te impliquen más físicamente, pero esto no es así. Cuando estás corporalmente activo te dejas llevar por la propia actividad, el cansancio viene después de golpe cuando por fin paras a descansar, pero aguantas la jornada. El problema en una consulta psicológica es que debes mantener una distancia emocional suficiente con lo que te cuentan, porque el objetivo es encontrar una forma de ayudar a la persona a lidiar con lo que está sintiendo y no hundirte con él en la profundidad de su dolor, pues te puede atenazar a ti y acabar los dos ahogándonos en el mismo mar hostil; uno de los dos debe mantenerse dentro del faro para poder iluminar durante la tormenta y facilitarle conducir hasta aguas más mansas. Pero las emociones, en un estado de vulnerabilidad por la falta de sueño tras una larga noche de desvelos, son rebeldes. Ven que las inhibiciones habituales no tienen fuerza para actuar y aprovechan la ocasión para aparecer sin mucho obstáculo.
Hoy he estado acompañando en el duelo a una persona que perdió a su hijo en un accidente. Murió hace unas semanas en la unidad de cuidados intensivos de nuestro hospital, después de haber hecho por él todo lo que se podía hacer. La psicóloga formada ha estado dándole un espacio de escucha para poder hablar de todos los proyectos que había imaginado que su hijo empezaría, de todos los sueños que tenía para él y que ya no podrán ser, de los momentos del día en que su falta le quita la respiración; mientras que la madre que hay en mí estaba conteniendo el llanto en la garganta, y tenía el corazón atrapado en un puño, y quería llorar con ella y abrazarla en solidaridad, y me ha costado no hacerlo. Pero no era mi espacio, y ninguna emoción mía debía restar oportunidad a que ella manifestara las suyas, mucho más importantes en esta ocasión, aunque todo mi ser clamara por descanso.
Son días que recuerdas lo pasajeras que, en realidad, son las cosas. En un minuto un solo evento puede poner tu vida patas arriba. Hoy es mi paciente la que llora y mañana puedo ser yo, lo sé porque lo veo muchos días, mi trabajo no me permite ser ajena a esta realidad. De hecho, sé que seré yo otro día, no sé cuándo, ni cómo, cuáles serán las circunstancias, pero así será, porque así es desde que la humanidad existe y siente, porque el dolor es universal. Podría creerse que escribo esto con pesimismo, pero lo hago en realidad con aceptación. Esto no significa que me esté preparando para cuando me toque a mí ser la doliente con la esperanza de que me duela menos, no es un optimismo ilusorio. Me asusta, pero lo que tenga que venir me encontrará sintiendo lo que surja de dentro, y ya comprobaré si lo puedo sostener o necesitaré ayuda para recoger y juntar los pedazos. En ese momento lo veré.
Lo que ahora veo es el cansancio que siento, así como la calidez de poder estar de nuevo en casa tras una jornada de parque con el niño que por la tarde ha recuperado sus ganas de jugar y me demuestra que la felicidad también encuentra cómo abrirse camino. También puedo sentir la relajación al poder irme a dormir pronto, junto a mi hijo. Y el amor mutuo que nos envuelve al abrazarlo, y escuchar su respiración pacífica, profunda y rítmica cuando también cae rendido y cede al sueño, mientras nuestros corazones se acompasan, como cuando lo contenía dentro de mi vientre. Disfruto de este momento de quietud plena en el que no ocurre nada más que simplemente ser, ser en compañía. Pienso si, cuando yo me vaya para siempre, además del pesar por mi partida, logrará permanecer en su interior esta sensación acompañante de plenitud.
Mañana nos despertaremos y renaceremos junto a un nuevo día, de descubrimientos, emociones, despedidas y duelos.
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Este relato se escribió con la intención de enviarlo a un concurso de Sant Jordi organizado por autografías.com. Tenía que dar mi DNI en el mail, y enviar el original en word. Para un concurso gratuito donde todo pinta que la intención es captar a potenciales clientes no me ha dado confianza dar mis datos personales. A lo mejor peco de desconfiada, pero la verdad es que tampoco tengo intención de publicar nada, sólo deseo experimentar con la reacción de terceros a los escritos. Al final he decidido no enviar nada, aquí se queda el relato.
El leit motif del concurso era "Renacer" .

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