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Cap. 1. De unas vesículas a la confirmación de una historia familiar

Rutina de las mañanas: levantarme forzada por la insistencia estridente del despertador, sentir la luz del baño atravesándome los globos oculares a pesar de mantener los párpados cerrados, pegados, y recibir la estocada final a la somnolencia matutina en forma de agua fría en plena cara. Después peinarme, sin mucho esfuerzo, porque el pelo liso es fácil de domar, y porque la edad y la mala vida han reducido la cantidad de mata a adecentar. Unas entradas en V invertida llevan unos años abriéndose camino en la frente a ambos lados.

Hace unos días encontré en cada uno de esos espacios un minúsculo angioma, esas vesículas rojas que a veces aparecen en la piel, nada extraordinario pero sorprendente por la posición prácticamente simétrica respecto al eje central de la cara. En palabras llanas: a cada lado de la cabeza, y justo en el espacio vacío de las entradas del pelo me aparecieron unos puntos rojos.

Me hubiesen preocupado más si no tuviera otros similares desde hace años en otras zonas del cuerpo a los que el dermatólogo no les dio ningún valor en las visitas de revisión. Pero sí me fastidiaron desde un punto de vista estético, pues si me recogía el pelo en una coleta se podían notar si se prestaba atención. No obstante, tampoco eso era realmente un problema, ya que hacía tiempo que nadie me prestaba demasiada. La madurez me había convertido en una mujer anodina, rechoncha y común, que debía aprovechar los pequeños silencios que se daban en las conversaciones para captar el interés de los demás, y manteniéndolo solo si el comentario era suficientemente ocurrente, algo que no sucedía a menudo porque, para ser sinceros, tampoco es que las interacciones cotidianas estén llenas de charlas estimulantes para la inteligencia de nadie. Así que pensar que alguien se iba a dar cuenta de un pequeño cambio en mi aspecto era una anticipación optimista y demasiado ensalzadora de mi persona.

Contra todo pronóstico, una compañera del trabajo me preguntó aquella tarde, en la segunda ronda de nuestra jornada partida diaria, qué era eso tan rojo que me había salido a ambos lados de la frente. "Parece una picadura, lo tienes un poco hinchado". Bromeé con que dos arañas debían haber sincronizado relojes para picarme a la vez, porque si algo tenía ya comprobado es que banalizando se cortocircuita toda intención de continuar con un mismo tema. Fui al baño a mirarme al espejo, para descubrir que ya no eran dos puntos sino dos protuberancias enrojecidas imposibles de disimular a simple vista. Me solté el pelo y soporté estoicamente las últimas horas de calor de la tienda en la que trabajaba, pues no teníamos aire acondicionado.

Al llegar a casa me dolía la cabeza, así que me tomé un paracetamol y me eché a dormir, asumiendo que al día siguiente estaría todo más desinflamado y podría ver mejor cuál era el problema. 

Por la mañana me desperté notando la cara sobre una húmeda almohada. Abrí los ojos y vi la funda manchada de carmesí. Había sangrado durante la noche. Corrí hacia el baño saltándome mi rutina matutina; el problema resultó ser algo sólido y puntiagudo que durante la noche había desgarrado la piel de la frente y dejaba asomar los extremos. Eran unos cuernos.

En ese momento recordé la historia que mi padre me confesó, ya casi moribundo, acerca de mi madre, algo que no quería llevarse a su tumba y que creía que yo ya tenía edad para hacer lo que quisiera con tal revelación. La verdad, lo que hice entonces fue clasificarla como basura fantasiosa de un enfermo que ya se encontraba en las últimas, una historia distorsionada por el tiempo y convertida en un relato macabro debido al trauma sufrido por la forma en que ella marchó. 

Una neumonía se lo estaba llevando y él sabía que no le quedaba mucho. Insistió en que me deshiciera de mis tías y que me quedara un rato a solas con él, pues quería hablarme de mi madre. Yo no guardo recuerdos genuinos de ella, pues me quedé huérfana de madre a los pocos meses de vida. Todo lo que sé de ella me lo han contado y de ahí fui construyendo al personaje que dicen que existió y del que yo misma soy una prueba de que así fue, pero del que a veces dudo cuánto hay de mito y cuánto de realidad. Mi padre siempre había tenido una fuerte inclinación a contar las cosas de la manera como le fuera más fácil de digerir, y no desdeñaba el autoengaño ni la fabulación. Durante años, mientras era tan sólo una niña, la explicación que me dieron de la muerte de mi madre fue la de un accidente mientras limpiaba una ventana, una aciaga caída desde el quinto piso en el que vivíamos entonces. A veces sentía que caer desde un quinto era como un mal chiste, o como una frase hecha. Podría perder la cuenta de las veces que he oído hablar de defenestraciones y el quinto piso siempre es la referencia desde donde se produce la caída. Quinto piso, quinto piso, quinto piso. Si lo repites muchas veces pierde sentido y suena a mentira. Hace tiempo llegué a la conclusión de que quizá se deba al fenómeno de que las caídas desde pisos inferiores no son letales y no pasan tanto al imaginario popular, y también a que muchos bloques de pisos de antigua construcción tienden a no superar las cinco plantas, debido a las viejas normativas urbanísticas, por lo que la probabilidad de caerse desde un sexto piso o superior desciende dramáticamente.

De adolescente empecé a tomar conciencia de cómo mis familiares dirigían su mirada al suelo las pocas veces que surgía el tema, y lo que al principio entendía como una señal de duelo pasé a interpretarlo como un signo de ocultación, especialmente a partir del día en que me descubrí haciendo el mismo gesto para no decirle a mi novio de entonces que me había enrollado con alguien en la fiesta de fin de año y así sustituirlo por una descripción aburrida de una noche "sin más". Entendí desde mis propias entrañas que no querían que sus miradas les delataran, y así fue cómo supe que la explicación del accidente era sólo una versión edulcorada de la realidad. Un día les confronté, confesando que ya no les creía, y demostrando conocimiento suficiente para pasar al club de los adultos que guardan la santa verdad de las cosas. El accidente se reformuló entonces como una depresión post-parto. La caída se tornó en una precipitación voluntaria. Las miradas al suelo se mantuvieron pero el clima alrededor nuestro se cargó de un dolor palpable y mi intuición me instó a no seguir hurgando más, a darles tiempo para que me fueran contando cuando estuvieran preparados. Por lo visto, no lo estuvieron nunca porque no se volvió a hablar del asunto. Hasta aquel día en el hospital.

Mi padre quería aligerar equipaje porque ya veía llegar la estación de destino y le pesaban muchos secretos.

- Esther... Nunca te he contado la historia completa sobre la muerte de tu madre. Es verdad que durante años estuvimos mintiéndote, pero es que eras muy pequeña y no quisimos que crecieras pensando que eras la hija de una suicida - iba haciendo pausas para tomar aire -. Siempre quisimos protegerte... Ya sabes que luego te dijimos la verdad, pero seguían existiendo detalles muy oscuros de los que nadie más que yo sabía nada. No me queda mucho de estar por aquí... Si quieres saberlo todo es el momento. Pero si lo prefieres, lo dejamos estar - dijo, y se recostó en la cama para recobrar el aliento.

Tenía claro que lo que se avecinaba no me iba a gustar, pero esa puerta que se abría ya no podía cerrarse. No podía marcharme sin mirar dentro, o me arrepentiría toda la vida. Cierto es que también podía arrepentirme de haber mirado, pero puesto que el resultado iba a ser el arrepentimiento en ambos casos, mi respuesta fue simplemente dejar que las cosas pasaran.

- ¿Tú quieres hablar de ello? Si es lo que necesitas, quiero darte eso, papa. Cuéntamelo. Encajaré lo que sea. Si a estas alturas no me he deprimido ya, es porque debo tener más carga genética tuya que de mi madre.

- Gracias, cariño... Es curioso que hables de genética... Tu madre y yo estuvimos buscando ser padres mucho tiempo, ya estábamos perdiendo la esperanza y entonces tu madre por fin se quedó embarazada, pero para entonces ella ya no... Ya no estaba bien. Algo la había desequilibrado - de nuevo se detuvo, para tragar saliva y reordenar ideas, mientras parecía poner a ralla recuerdos vagos, quizá rechazados - . Habíamos ido a una casa rural a relajarnos, a probar a hacer algo diferente a intentar concebir un hijo de forma mecánica. Nos dejamos llevar... Esa noche nos fue muy bien, tú fuiste el resultado - "por favor, que no me cuente detalles del asunto" pensé; no estaba preparada para considerar a mi padre como un objeto erótico -. Yo dormí como nunca esa noche. Pero por la mañana tu madre no estaba a mi lado en la cama. La llamé, no estaba en la habitación. En cambio su ropa estaba donde la había dejado, nada se había movido de sitio, tenía que seguir necesariamente en pijama - su cuerpo se tensaba al entrar en ese espacio de la memoria y nuevas oleadas de agotamiento se sumaban a su estado ya desmejorado -. Pregunté por ella en la casa, nadie la había visto, el dueño salió conmigo al exterior a buscarla. La encontramos en el establo donde pasaban la noche las cabras, acurrucada como un ovillo. 

Las últimas palabras las escenificó sobre el lecho más que pronunciarlas, porque un acceso de tos le dificultó hablar con claridad.

- ¿Qué hacía allí, papa?

- Tu madre no era capaz de explicar nada, sólo lloraba. Lo poco que pudo llegar a expresar es que quería marcharse a casa. Le pregunté muchas veces si alguien le había hecho daño. Más tarde empezó a contar que por la noche había oído una voz que la llamaba, que sintió como una fuerza irresistible que la atraía hacia el establo. 

Volvió a parar, sobrecogido. Hay cosas que no puedes recordar porque no las has vivido, pero sí mantienes la huella indeleble de lo percibido en el plano de tu imaginación. Tu conciencia puede crear escenas perturbadoras que te hielen la sangre como si las percibieras en un plano sensorial real. 

- Esta parte es complicada... Decía que a partir de ese momento sólo conservaba imágenes borrosas de un hombre alto y fornido desnudo, con cabeza de cabra, con imponentes cuernos retorcidos, que la atenazaba contra el suelo y la forzaba mientras balaba estentóreamente, y le respondía el coro formado por el resto de cabras en el establo, que al parecer entonaban lo que parecía un cántico ritual y escalofriante.

Se llevó las manos a la cabeza, apretándose la frente.

- Eso... Eso es terrible, papa. Suena a ritual de una secta o algo así. 

- Sí, hija, es horripilante. Me costó encajarlo entonces, siempre quise creer que no podía ser cierto. Y la cuestión es que no se encontró ninguna señal que indicara que eso había pasado realmente. Fuimos al médico, le hicieron todo tipo de evaluaciones. La policía investigó en la casa rural, se entrevistaron con el resto de inquilinos. Nada. Acabó derivada a psiquiatría, episodio psicótico, dijeron. Seguramente por el estrés de tanto tiempo buscando. No pudieron ponerle tratamiento porque para entonces ya se había descubierto que estaba embarazada. El embarazo fue muy duro, así como el parto. Pero lo peor fue lo que vino después. Nuestro proyecto de ser una familia feliz no fue posible - se lamentó, con brillo melancólico en la mirada -. Tu madre no quería acercarse al bebé, no podía mirarte. No te dio el pecho, tampoco hubiese podido dártelo porque enseguida empezaron a tratarla con medicación que se filtraba en la leche.

Mi padre perdía energía en su relato. Se recostó nuevamente en la cama y siguió hablando desde la almohada.

- Una noche... estuvo despierta toda la noche... Yo me hacía el dormido, porque notaba que ella le daba vueltas al algo. Llevaba unos días especialmente rara, ausente. Se levantó de madrugada, oí que se dirigía a la habitación del bebé... A tu habitación. Salí corriendo de la cama. Te había cogido y estaba subiéndose a una silla frente a la ventana. Rompió en lágrimas y dijo que delante mío no podía hacerlo... pero que no podía seguir... Me puso el bebé en los brazos. Y se tiró. No pude cogerla. No podía soltarte...

Respiraba de forma agitada. Una máquina empezó a pitar repentinamente y unas enfermeras aparecieron apartándome de en medio. El nivel de oxígeno había bajado y tenían que intervenir como correspondiera. Una de las enfermeras me dedicó una mirada severa y me sugirió que me fuese, recordándome que no debía perturbar la tranquilidad de mi padre en su estado.

Esa escena volvía a mí en el momento de mirarme al espejo. Los cuernos que se empezaban a mostrar en él, ya sin disimulo, daban otro valor a lo que durante un tiempo acepté como un delirio de mi madre.

Se abrían ante mí una serie interminable de problemas prácticos que no sabía cómo encarar. ¿Qué hacía con el trabajo mañana? ¿Qué se supone que hace una cuando le aparecen unos cuernos satánicos en plena cara? Y no hablemos de las muchas preguntas que suscitaba esta situación en la dimensión identitaria. ¿Ahora era la hija de una figura satánica y una mujer mancillada de tendencias suicidas? ¿Qué significaba eso? 

Aunque, por extraño que parezca, algo dentro de mí empezaba a alegrarse de no formar parte del grupo de "señoras" comunes y olvidables sin nada reseñable.


CONTINUARÁ

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Nota: este escrito es sólo el resultado de la voluntad de escribir algo, lo que sea, Un mero ejercicio. No descarto continuarlo con el mismo objetivo, pero sin apego por esta historia por el momento. Surge de verme realmente dos vesículas rojas a ambos lados de la cabeza, y querer estirar el chicle de eso, pero no tiene destino alguno.

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